La idea
principal sobre la que gira el artículo es qué debemos entender por “consumo
cultural”, ya que el autor se cuestiona el porqué de los recortes a la cultura.
Otras formas de atentados a este sector serían el aumento del IVA cultural.
Según el gobierno el hecho de denominar consumo cultural, a las actividades en
torno a la cultura, hace que esto sea visto como un gasto, un “derroche” que
actualmente la sociedad por estar en época de crisis no se debería permitir.
Sin
embargo, tal como señala Millás, no se puede comparar el consumo que puede
tener un coche, con el consumo que puede estar haciendo alguien que lea una
novela de Dostoievski, ya que no existe tal
consumo. Es cierto que la cultura genera un coste quizás más elevado que los
beneficios, pero estos beneficios son intangibles, incalculables. No se puede
ofrecer datos de lo que puede proporcionar para la sociedad la reflexión
literaria, los debates en conferencias, lo que te puede aportar una película de
Woody Allen, etc. Este tipo de efectos son percutores de otros muchos como por
ejemplo la formación intelectual que día a día está siendo más mermada cada
vez, precisamente por dichos recortes.
Por tanto y como puntualiza el autor, la cultura más que un
consumo es un estilo de vida, y por tanto es un modelo austero aquel que nos
pretenden imponer la sociedad, haciéndonos creer que la cultura es un capricho.
De esto se derivará el abandono al patrimonio, los recortes a las subvenciones,
y dentro de un futuro desgraciadamente cercano volveremos a una especie de Edad
Media distópica en el que tener un libro sea poseer un artículo de lujo.
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